martes, 14 de abril de 2015

Era una de esas tardes oscuras en las que el cielo está gris, y de esas en las que tu madre se asoma a la ventana diciendo 'tiene pinta de que va a llover' y tú te acurrucas con una manta en el sofá con alguna bebida que te haga entrar en calor. De esas tardes que no le gustan a nadie.
Excepto a nuestros personajes.
Cameron Bucker, un exitoso hombre de negocios que estaba en boca de toda USA, 1.87m que irradiaban seguridad, triunfo y, lamentablemente, un ego gigantesco. A sus 22 años, había aparecido en la revista Forbes en el top 10 de los hombres con más éxito por debajo de los 25 años. Todas las mujeres del continente le deseaban. Y él lo sabía. Y se aprovechaba. Cada vez que se le acercaba una morena alta de curvas prominentes, en su interior pensaba 'en realidad le estoy haciendo un favor, cuando le cuente a sus amigas con quién ha pasado la noche... já'. Pero una parte de él, una tan pequeña como un grano de arena, se le rompía al hacerlo. A él le gustaba comparar esa parte con gotas de lluvia. La lluvia. Para Cameron la lluvia lo era todo. Nació y creció en Forks, la ciudad más lluviosa de los Estados Unidos de América. Y la lluvia ero lo único que calmaba su ansiedad cuando cada noche escuchaba a sus padres pelearse. Se concentraba en ver el agua caer, y solía pensar 'después de toda tormenta hay un arcoiris' pero como he dicho antes, nació y creció en Forks, y allí las tormentas nunca acababan.
Lisa Collender, una jovencita pelirroja de la parte más calurosa y soleada de USA, California. Se centraba en sus estudios(sólo cuando era estrictamente necesario) y con 19 años estaba estudiando medicina en Chicago.
A él le encantaban las tormentas, lo que no sabía es que ella inundaría su mundo.

martes, 30 de septiembre de 2014

¿Recuerdas cuando me decías que las cosas buenas de la vida nunca cambian? No, en eso llevabas razón, no cambian. Pero se van. Como tú.

viernes, 5 de septiembre de 2014

que ya no lo entiendo

Recuerdo todas las sonrisas, todas las risas y todas las malditas veces que deseé atravesar la pantalla para abrazarte. Para darte las gracias por darle brillo a mi mundo.
Que yo lo era todo para ti, y yo sin ti no era nada.
¿Y que somos ahora?
Como si nada hubiera pasado, como si jamás hubiera confiado en ti más que en ninguna otra persona.
Y pareces querer burlarte de mi queriendo a otra gente.
Pero que ya no te necesito.
No te necesito ni a ti ni a tu cascada de pelo castaño con olor a vainilla, ni a el brillo de tus ojos cuando nos vimos, ni al sonido que hacían tus zapatos al andar, ni si quiera a la forma en la que te subías la gafas, y no te atrevas a pensar que echo de menos la forma en la que se te arrugaba la nariz al sonreír.
Y duele pero, ¿qué quieres que te diga? Nunca el dolor había sido tan bonito.